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Por José Escobar Zavala
De nuestros paseos uno de los más concurridos, principalmente los fines de semana y los periodos vacacionales, es la Presa Álvaro Obregón, mejor conocido como Presa del Oviáchic, palabra yaqui que quiere decir “difícil”, porque cuando los de la indómita tribu andaban en pie de guerra, era muy riesgoso andar por ese lugar. Pero ese fue en el siglo diecinueve y principios del veinte. Ahora hay paz y armonía, con decir que hasta tiene representación la etnia en el cuerpo de regidores del H. Ayuntamiento.
La construcción de esta presa, cuya capacidad de almacenamiento es por arriba de los tres mil millones de metros cúbicos, se inició en 1947 y se terminó en 1952, siendo en julio de este año cuando recibió su primer almacenamiento. Todo fue en el periodo presidencial del licenciado Miguel Alemán Valdés, quien al unísono construyó otras presas en diversas regiones del país para multiplicar la superficie cultivable y hacer de México una nación autosuficiente en granos alimenticios.
Los trabajos de construcción de la Presa Oviáchic los realizó la compañía Urbanizaciones, S.A., propiedad del general Miguel Henríquez Guzmán, que fue candidato a la Presidencia de la República. Se decía en los medios metropolitanos que, como no ganó la ansiada silla, recibió a cambio como premio de consolación varios jugosos contratos, entre ellos el de esta presa de Sonora.
Hay que señalar que fueron ingenieros y técnicos mexicanos, al servicio de la Secretaría de Recursos Hidráulicos, los que dirigieron la obra. Integraron un coordinado equipo donde los altos mandos estaban a cargo de los ingenieros Alberto Barnetche, José Hernández Terán, Guillermo Escobar y Luis Robles Linares.
En la compañía Urbanizaciones, S.A., el superintendente general era Juan Ignacio Zubiría, que tenía como segundo de abordo a Juan Carlos Ruiz Inzunza, en lo concerniente a la parte administrativa, ya que en la parte técnica estaban los ingenieros Bon Buemex, Manuel Cota Bustamante y Manuel Camarena Aveytia.
Tenía bien ganada fama de ser un funcionario iracundo el superintendente Zubiría, quien por cualquier cosa montaba en cólera y despedía a quien le contradecía. Un día, sin mayores averiguaciones, despidió con palabras altisonantes al joven ingeniero Jorge Rojano Tejeda, quien trabajaba en el tercer turno (turno de noche). Indignado por la forma en que fue despedido, fue a su casa y regresó con un rifle automático, abatiendo a tiros a Zubiría, para luego entregarse al retén de soldados que en forma permanente mantenía vigilancia en las instalaciones de la obra, campamento y poblado.
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