Especiales

El último fin

Alfa y Omega

por Any Cárdenas

Lamentablemente, infinidad de personas no creen en la vida eterna. No aceptan que hay un cielo que alcanzar y un infierno que evitar. No pueden imaginar lo que está más allá de este mundo. Les parece muy lejano e irreal. Para muchos, el cielo es un estado mental del hombre que cuesta valorar. Les resulta difícil captar con claridad ese inmenso mar de vida eterna.

Del infierno se dice más o menos lo mismo; que uno lo vive aquí en la tierra, que no es como "lo pintan", que son cuentos para asustar a los niños, etc. Bueno, algo de eso suele ser verdad, pero también existe el que Cristo infinidad de veces mencionó en los evangelios. Por supuesto, para seres mortales y finitos como nosotros, la eternidad es muy difícil de comprender. Pero hay un hecho real, supremo: todos tenemos hambre de vida perfecta, hambre de eternidad. Y esto, más que un deseo, es una bendita promesa de la palabra de Dios.

La palabra de Dios a través de la Biblia nos presenta un destino glorioso para los vencedores y para los que aceptan a Jesús. Pero también nos habla del destino de los incrédulos, de los rebeldes, de los soberbios y de todos los que rechacen la salvación de Dios, será la destrucción en el fuego eterno.

Cristo reafirmó una y otra vez el glorioso plan redentor que tiene en favor de sus seguidores con estas palabras: "No se turbe tu corazón. Crean en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas". En contraste con la impotencia y frustración del ser humano para asegurarse una vida hermosa y duradera... por medio de su santa palabra Dios nos ofrece un futuro perfecto y feliz. Ante la hermosura del hogar celestial que Dios promete a los que creen en sus promesas y hacen algo para conseguirlas, uno se pregunta, ¿cuándo comenzará ese futuro perfecto? El apóstol Pablo dice lo siguiente: "Porque el mismo Señor descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero”.

Sin lugar a ninguna duda, con la segunda venida de Cristo comienza la eternidad en una perfecta dimensión para los habitantes de esta tierra. Esta esperanza no solo es gloriosa y bendita, sino también cierta y segura, mencionada varias veces en la Sagrada Escritura.

Muchas veces el Nuevo Testamento ha sido la esperanza de los patriarcas, de los profetas y ¿por qué no?, de cada uno de nosotros. Y con la autoridad de ser hijos de Dios, Cristo prometió volver a este mundo y restaurar todas las cosas. ¡Y Dios cumple sus promesas!

Nuestra única esperanza es Jesucristo, quien con todo poder vendrá desde los cielos para rescatar de esta tierra a los que creen en Él. Ante esta afirmación, uno necesariamente se pregunta: ¿quiénes irán al cielo? La salvación es para todos, el cielo es para todos, la vida eterna es para todos; y sin embargo, no todos los habitantes de esta tierra llegarán a ser ciudadanos del reino de los cielos.

Aunque Jesús anhela que todo ser humano alcance la salvación y aunque la sangre de Cristo puede limpiar los pecados de toda persona; sin embargo, el regalo de la salvación debe ser aceptado plenamente por el ser humano, para que le traiga bendición. Y en forma solemne Jesús agregó: "Porque muchos son los llamados, y pocos los elegidos". Por estos y otros pasajes de la Biblia, resulta bien claro que para llegar al cielo es necesario una conversión, una purificación en nuestro carácter. Solo así podremos alcanzar nuestro hogar celestial.

A juzgar por nuestra conducta, ¿estamos listos para encontrarnos cara a cara con Jesús? Un predicador se entrevistó tiempo atrás con un magnate texano, quién en forma orgullosa señaló desde su rancho en determinada dirección, y dijo: "Todo eso es mío; hace 25 años llegué aquí sin un centavo, pero ahora todas esas tierras son mías". Luego señaló hacia la dirección opuesta y después hacia las otras dos direcciones y con gran suficiencia dijo lo siguiente: "todos esos campos, todos esos animales, todas esas torres de petróleo que se ven en cada dirección, son mías". Por fin, el predicador pudo hablar. Apuntando con su dedo índice al cielo y le hizo esta pregunta al rico texano: "¿Y cuánto posee en esa otra dirección?". Y esta es la pregunta que Jesús nos dirige a todos: "¿De qué aprovecha al hombre si gana todo este mundo, y perdiere su alma?

No sabemos con exactitud cuándo será la venida de Cristo. Pero si fuera hoy o mañana, ¿estaremos preparados? Este un tiempo oportuno para que toda persona sincera se prepare para encontrarse con Jesús cara a cara. ¿Cuántos sentimos que hay lugar para nosotros en el cielo? ¿Cuántos de todo corazón queremos ir al cielo? La Palabra de Dios nos dice: "Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él, no perezca, sino tenga vida eterna". Es decir: todos podemos conseguir llegar al cielo. El camino ya está dado, la meta de llegar es nuestra responsabilidad.

Los actos entre otras muchas cosas nos hacen el camino más llevadero. Solo tenemos que guiarnos por la luz. ¡Esa luz de Cristo que nunca oscurece! No esperemos tanto a hacerle caso a Dios. La verdad es que hay un cielo y un infierno que tendremos al dejar esta vida. Solo hagamos lo que Él nos dice, hagamos caso. Nuestra eternidad es segura. Solo que no sabemos aún dónde será. Entonces hagamos las cosas como Dios Manda. No lo pensemos, no lo dudemos, hagamos el bien que Jesús nos pide. Así: ¡No hay manera de perder!

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