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EN LA SUPREMA CORTE: ¿LA LEY ES LA LEY?

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La Suprema Corte de Justicia debe ser baluarte de la Carta Magna, su máximo custodio. Nada ni nadie ha de estar por encima de su égida. Hans Kelsen la definió así, al responder en su célebre ensayo a la candente pregunta: “¿Quién debe ser el defensor de la Constitución?”

En los hechos, en la indómita realidad no obstante algo agita las conciencias. ¿Acaso, en el fondo, hay un ser omnipotente que determina de modo absoluto el destino de la vida en sociedad’ Es decir, ¿nada sucede sin el soplo omnímodo de un todo poderoso?¿Todo se mueve por su voluntad, incluyendo el interés y los propósitos de todos, sin excepción alguna?

El tema de la elección de ministros en el Supremo Tribunal está, ahora, en el tapete de la virulenta polémica. Se agrava con la disputa acerca de la reciente nominación de Eduardo Medina Mora como integrante de la institución.

¿Es el titular del ejecutivo quien se arroga, por encima de la Constitución, la facultad para nombrar, elegir con argucias y aún destituir a quienes tienen en sus manos la capacidad de determinar lo que es justo o no, lo que es válido o no? En suma, arreglar a su modo, premeditadamente, la calificación de referencia?

En este país, se escuchó por décadas, la expresión en el sentido de que nada se movía, nada existía, sin la voluntad del señor que está en Los Pinos.

Era, con la expresión del viejo Aristóteles, una especie de motor inmóvil que mueve sin ser movido.

Por encima de las leyes, el ejecutivo federal gobernaba como soberano, con derechos y garantías al margen y por encima de cualquier taxativa jurídica: más allá de todo control constitucional. Y en consecuencia bien le iba la expresión del monarca francés: “El Estado soy yo”.

Proponer candidatos para ocupar un sitial en el máximo foro responsable de hacer justicia, de dictaminar entre lo lícito y lo ilícito, de reinstaurar el Estado de Derecho ahí en donde hay deterioro o presunción de “vacío” de poder, no es algo de poca monta. La norma constitucional señala límites y alcances de toda conducta, a fin de proceder con arreglo a la legalidad establecida.

En dicha acción se implica ni más ni menos, la prevalencia del pacto federal como la coordinación de poderes y no la separación, mucho menos la división con el propósito deliberado de que preponderase por medio de la fuerza uno por encima de otro.

Una prueba para el régimen democrático es el que afronta la elección de los dos ministros que ocuparán lugar desde el cual impartirán justicia jurídica, imparcial, y expedita .Una prueba más, a fin de superar la inquietante y obstinada duda acerca de si, en efecto, hemos alcanzado el estatus de una nación de leyes y no de volubles temperamentos.

¿Predomina aquí, paradójicamente, en la sede desde la cual se dirimen los valores de la legalidad, la justicia con objetividad, opuestos y contrarios intereses tales como los de ilicitud, subjetivismo, preferencia de personas, por encima de lo que establece la ley y los principios que le son inherentes?

Viene a mente, muy a propósito el pasaje bíblico invocado en la entrevista de José Gordon con Amos Oz (Revista de la Universidad de México, agosto de 2015) en donde Abraham interpela a Dios con motivo del destino que pesa sobre Sodoma, la ciudad pecadora.

El patriarca, tras perder la controversia, de rodillas y balbuceando perdón ante el Todopoderoso, sube la voz y dice: ¿Puede el Dios de toda la tierra no hacer justicia? Esto quiere decir que tal vez tú seas Dios, el señor del universo, pero no estás por encima de la ley. Podrás ser el legislador, pero aun así no estás por encima de la Ley. La Ley está por encima de ti”.

http://federicoosorioaltuzar.blogspot.mx

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