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El otro Sonora: Turismo interestatal

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El viejo anhelo de convertir el Noroeste mexicano en un moderno polo de atracción turística tiene visos de palpitante y tangible realidad. De granero nacional, Sonora en particular, y también Chihuahua, asumen lo que mañana podrá ser portentosa conquista; hoy aún colosal hazaña en ciernes. Como en su tiempo fue Cancún, y otrora, Acapulco, la Perla del Pacífico.

Llega el turno a la Entidad que estrena nueva administración política y al Estado Grande que, en término de doce meses, contará con el liderazgo institucional en la persona de Enrique Serrano, si el candidato del PRI gane la elección  del 2016.

Durante años y años, Sonora y Chihuahua, Entidades limítrofes, han transitado por la historia como dos girones de la Patria con rumbos distintos cuando no ajenos entre sí. La colonia fue escenario del saqueo contumaz de los invasores en aquellas tierras, fuente del trasvase de los codiciados metales que ingresaron, de manera gratuita e impune, al erario de la Corona española.

La Revolución fue teatro de disputa entre grupos rivales hasta que el general Lázaro Cárdenas unificó y tranquilizó a los desheredados, con tierras de ex hacendados y aspirantes a latifundistas.

En el inicio del cuarto quinquenio del siglo XXI, ambas regiones colindantes se proponen emprender metas en forma mancomunada. Tienen consigo reservas naturales con las cuales organizar programas de crecimiento y desarrollo nunca antes concebidos en términos de cooperación, intercambio y aprovechamiento en común.

El mapa turístico de Chihuahua es abundante en sitios fascinantes que recorren su renombre en todo el orbe. Así, por ejemplo, Creel, su divisadero, y otros sublimes parajes; la cascada de Basaseachi...

De fama internacional es San Carlos y sus plácidas riberas y playas; el Desierto de Altar y sus inexplorados escenarios desérticos, albergue de especies inimaginables.

Con todo, lo que la naturaleza ofrece, da o dispone, la mano del hombre desdeña, abandona o deja de darle el superávit conducente a fin de coronar, con su ingenio y aplicabilidad, lo que puede ser acogedor hábitat para la recreación y el esparcimiento.

Las vías carreteras, aéreas y de comunicación moderna de todo tipo, son mensajeras de progreso y vínculo para el crecimiento, con el objeto de potenciar recursos de la naturaleza y organización propios aportados por el hombre.

En este sentido, son más que alentadoras noticias acerca de la reactivación del sector turístico en el Estado de Sonora, a cien días de haber cambiado la titularidad del Ejecutivo. Convocan a empresarios y dueños de capital a participar en el magno proyecto turístico y a todos aquellos que se involucran en los ramos hotelero y del transporte, aéreo y terrestre.

Nace de esta manera el proyecto de construir una supercarretera, cuyo trazo tendría la meta de unir el polo turístico de Guaymas-San Carlos con los diversos centros recreativos de Chihuahua. Es decir, una autopista que sustituya en gran medida la de Ciudad Obregón a Yécora, pasando por Hornos, Tesopaco, Curea y Puerto de la Cruz. Y de Talayote a Cuauhtémoc hasta llegar a Chihuahua, capital del Estado Grande. Esta ruta en permanente estado calamitoso.

Asimismo, complementaría la vía de comunicación a cargo de la Federación, que va de Hermosillo a Chihuahua.

No es, lo que en lenguaje coloquial se llama un “hecho”, la propuesta en cuestión, la cual se inspira en el renacer de una Entidad, Sonora, sumida en la marginación, el desvío de recursos y la postración social, política y económica. Es una posibilidad, pero con vislumbres de realismo. Y por tanto, de efectividad en el corto y mediano plazo, alentada por el ritmo que da Claudia Pavlovich Arellano a sus acciones de Gobierno.

Suelo virgen, concebido y planificado en grande, es el turismo. Su misión se ofrece en dimensiones óptimas cuando se inserta en otros segmentos de la economía regional e interestatal. Su cobertura abarcaría zonas fronterizas y sería el principal detonador, configurando una geografía portentosa con la incorporación de escenarios de bellezas naturales que se atesora en el Golfo de California, y en las playas de Vallarta, Mazatlán y otros enclaves hasta ahora desvinculados entre sí.

 

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