Opinión

Espejismos de Sonora

La Tertulia Polaca

por Aarón Tapia

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Aarón Tapia, columnista

Aarón Tapia, columnista

Las grandes crisis de un país afectan a todos los estados, pero afectan más a aquellos que carecen de estructuras, instituciones y protocolos. Un estado construido sin un sentido organizacional profundo es un estado endeble ante lo imprevisto. Sonora es una entidad de improvisación; las estructuras políticas, económicas y sociales fueron construidas a base de criterios afectivos y no efectivos.

En lo político, las instituciones han sido construidas, destruidas, reconstruidas y moldeadas de manera individual por el gobernante en turno, al servicio de un grupo hegemónico. En lo económico, mucha de la riqueza ha sido el producto de los favores políticos y no de la habilidad empresarial; una vez obtenida la riqueza, las empresas se han consolidado como monolitos familiares, instituciones encargadas de garantizar el futuro económico de la familia, no del negocio o la sociedad.

Esta configuración vuelve muy endeble al sistema porque en el fondo nada es real. Los pilares de los que se jacta el estado; “las instituciones políticas”, “los grandes empresarios”, “la productividad e ingenio del sonorense” son una gran ilusión retórica. En lo discursivo suena grandioso, pero en la realidad es solo espejismo. Los “pilares” de la entidad fueron tejidos en gran medida por el compadrazgo, por amigos o familiares cuya capacidad para construir cimientos es dudosa.

Las “instituciones” políticas del estado son en realidad estructuras efímeras al servicio del líder del momento. Las instituciones verdaderas duran en el tiempo porque han construido procesos, protocolos, estructuras y organización que trascienden la temporalidad del individuo. En Sonora si la estructura no beneficia a un grupo particular, no hace sentido político; debe ser destruida o reconstruida para este fin. Es lo que se llama “instituciones” del Estado, en su gran mayoría la posibilidad de riqueza y poder para unos pocos, y una “chamba” para algunos más.

En el mundo empresarial sucede algo parecido, las empresas en Sonora son pensadas como negocios familiares a heredar. En términos afectivos puede ser maravilloso, pero en términos de negocio es generalmente una mala estrategia (con excepciones de muy pocos casos de éxito). Las empresas más exitosas del mundo son empresas públicas que buscan ser conducidas por la meritocracia; que la viabilidad de las empresas más importantes de un estado que depende del azar genético es una muy mala apuesta para una economía.

La riqueza y el poder más producto de la influencia que de la capacidad. Eso explica por qué la mayoría de las empresas sonorenses no logran ni buscan tener éxito nacional e internacional; para triunfar aquí no necesitan desarrollar capacidades institucionales que las vuelvan competitivas en el mercado real. Su éxito solo es posible bajo el amparo de la estructura del poder en Sonora.

La retórica de “la gran productividad e ingenio del sonorense” también parece estar poco asentada en la realidad.

Los datos de la OECD son contundentes, los mexicanos somos los que más trabajamos y los que menos producimos, es un espejo de lo que pasa en Sonora. Esta información no es muy sorprendente para los que han estado en una oficina en esta entidad; donde los jefes son los amigos del dueño, las horas de trabajo más un trámite burocrático que una medición de efectividad y sobre todo en el que no existen organización, procesos y dinámicas de trabajo que fomenten la efectividad. Los bajos niveles educativos y de calidad de la enseñanza tanto en pública como privada, hace que la eficiencia y capacidad de los trabajadores sea baja.

Sonora es un estado de compadres; construido de redes afectivas de influencia y de altas dosis de improvisación. El resultado es una entidad en el que el mérito no significa mucho, la capacidad es menospreciada y la visión a largo plazo irrelevante.

Dicho de otra forma, un estado sin instituciones a las cuales recurrir en las horas de crisis, como esta pandémica que hoy nos asecha. Enfrentados a una crisis mundial los pilares del estado y el país entero se revelan como son: espejismos. El poder político no tiene instituciones a las cuales recurrir pues nunca las ha construido. En Sonora los liderazgos políticos (o más bien de la politiquería), como la alcaldesa de la capital y el secretario de Salud del Estado, optan por una batalla electorera que les pueda llevar agua a su molino político, en lugar de ejercer la verdadera política, concretando el diálogo para construir acuerdos de acciones en beneficio de la ciudadanía. El poder económico no tiene cimientos para servir a su sociedad porque únicamente fue estructurada para servir a la familia. La sociedad no tiene mecanismos de solidaridad y empatía porque nunca tuvo la posibilidad de tejerlos. El modelo estructural se replica en todas las construcciones sociales, económicas y políticas del país sin importar de qué rubro social se trate. Las empresas, escuelas, hospitales, e instituciones públicas y privadas comparten un desdén generalizado por generar capacidades y por construir mecanismos y protocolos. La improvisación es inherente a un estado de compadres. La ciencia y los datos excluyentes. Todo funciona muy bien mientras la ilusión de la retórica dicta la narrativa, pero ante problemas reales, las construcciones ficticias que solo reflejan espejismos se desmoronan.

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