Opinión

Pinche Santaclós convenenciero, nomás a los ricos regala

La Tertulia Polaca
miércoles, 23 de diciembre de 2020 · 06:05

El título de esta columna fue la respuesta de el ‘Piñón’ (un niño papelerito de ocho años), cuando años atrás por estas mismas fechas decembrinas, cometí la babosada de preguntarle que le iba a amanecer.

El ‘Piñón’ era integrante de una familia en situación de pobreza socioeconómica y tenía que trabajar vendiendo el periódico de 5 a.m. y hasta que se le acabaran los ejemplares o hasta alrededor de las 11a.m. porque a la 1 p.m. iniciaba con su horario escolar. El tono de su respuesta no aparentaba tristeza, sino más bien molestia, como si ya estuviera harto de contestar la misma pregunta tan banal y estúpida (por obvias razones), pero en el semblante de su mirada si se posicionó la desdicha, como una fiel réplica del cuadro de Bruno Amadio: “El niño que llora”.

Hasta ese entonces, y yo ya consciente de que a la Navidad desde los tiempos de la era industrial la han secuestrado los reyes del “merchandise” para prostituirla como un simple producto mercantil, aún así, disfrutaba a plenitud estas fechas decembrinas y el supuesto espíritu navideño. Pensaba que, a pesar de que era una época llena de mercantilismo e hipocresía filantrópica, era un buen pretexto para refrendar el cariño a los seres queridos mediante el cliché de un “detalle”, además de las reuniones con los familiares y amigos. Aunado a que es una relativa buena época económica para muchos (aguinaldos para los empleados, altas ventas para los comerciantes).

No veía más allá de mi esfera clase mediera, esa clase media sonorense que tiene como característica muy marcada, ser aspiracional o como los gringos la llaman, “Wanna be” (querer y aparentar ser, alardear con lo que se tiene y con lo que no se tiene). Pero como poseo una gran capacidad para indignarme y amargarme la existencia por esa necia y petulante convicción que tengo, de que, muchísimas cosas que enferman a nuestro entorno social pueden aliviarse, me sedujo el anti navideño club de Scrooge, fundado por el extinto Germán Dehesa.

Esa respuesta del ‘Piñón’ cimbró toda mi fantasiosa panorámica navideña, en donde todo mundo se siente feliz y bondadoso, donde todos los niños reciben algo, donde todas las familias cenan juntos, ríen y recuerdan anécdotas bajo el calor de una chimenea encendida. Toda esta linda postal navideña y como muchas cosas más en nuestro mundo, es un ordinario espejismo más, el goce de la natividad está también sujeto a las leyes del mercado, y sin capacidad de consumo el espíritu navideño se queda junto a las almas que murieron sin el bautizo, en el limbo (según el catolicismo).

La celebración de la Navidad hoy por hoy es un mero ritual consumista reducido a una vulgar, aunque lucrativa fórmula de mercado. Vender y comprar no tienen nada que ver con el natalicio del llamado “Salvador del mundo”, cuyo recuerdo se ha prostituido en beneficio de lo que él más combatió en su corta pero fecunda vida: la hipocresía y el filisteísmo.

El oropel “navideño” no es nada más que un ropaje mistificante e innecesario. El verdadero significado de esta celebración llamada “Navidad” no debería limitarse a un sórdido intercambio de regalos ni a la burda repetición del rito anual que mistifica y excluye, a un solo día, la irrevocable vocación por el amor y la paz. Tampoco debería ser la explotación hasta el absurdo de las buenas intenciones y en general, la ingenuidad de la gente.

Lamentablemente, una Navidad diaria el resto de la vida tal vez no sea un buen negocio para los fabricantes, vendedores y demás comerciantes que, con el pretexto de la “Navidad”, hacen su agosto en cada diciembre. Tampoco sería un buen negocio para los traficantes de esperanzas, los predicadores de fábulas que en franca gesta manipuladora, tratan de conducirnos al escapismo y al sensiblerismo colectivo.

Desafortunadamente mientras comprar siga siendo uno de los pasatiempos favoritos de la sociedad actual y los bienes de consumo sean los mediadores esenciales en las relaciones entre los miembros de la familia, las parejas sentimentales y los amigos, las festividades religiosas y espirituales, siempre serán ritos comerciales, y así, la esperanza navideña para niños como el ‘Piñón’ seguirá flagelando su autoestima por los latigazos excluyentes del pinche Santaclós convenenciero, que no corresponde al amor, la paz y la espiritualidad, sino a la divinidad del dinero.

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