Opinión

La desesperanza

La tertulia polaca

por Redacción Tribuna

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En el ensayo del historiador Lorenzo Meyer, La segunda muerte de la revolución mexicana, recurre a la obra teatral “Esperando a Godot”, donde el dramaturgo y guionista Samuel Beckett hace que sus dos personajes centrales, Vladimir y Estragón, oscilen entre la esperanza y la desesperación mientras aguardan a quien les dio cita: Godot.

En la espera, fluctúa entre lo incierto y lo absurdo. La obra acaba sin que llegue Godot, pero a la vez se mantiene abierta la posibilidad de que acuda a la cita y con ello que, finalmente, la angustia producida por la espera que lleve a un suicidio, o que llegue Godot antes y todo se vuelva a replantear.

No es difícil encontrar una similitud entre la situación planteada por Beckett y la espera mexicana (espera y búsqueda) de un encuentro real y definitivo con la democracia política (reflexiona Meyer).

Nosotros los sonorenses también oscilamos entre la esperanza y la desesperanza; también nuestro ejercicio en la función pública está llena de incógnitas en la que abundan los absurdos y los abusos. Finalmente, hay una diferencia; lo que hoy está en juego en la vida pública sonorense es mucho, por lo que es necesario que una real democracia llegue finalmente a la cita, una cita que, como la de Godot, se ha pospuesto inmensamente.

En pleno siglo XXI nuestro encuentro con la democracia real sigue siendo incierto porque, sobre todo, no contamos con una tradición al respecto.

Más bien lo que ha prevalecido en tiempo y espacio es una oligarquía compuesta por las élites política y empresarial, que ha restringido y sometido a la democracia (Demo: pueblo. Cracia: poder. Poder del Pueblo).

Nuestro estado y país en general está sumido en un clima de desesperanza e inestabilidad. Los valores humanos como la honestidad, responsabilidad y el respeto, no están incluidos en el manual de la “realpolitik”, dándole paso a la mediocridad, abuso de poder y deshumanización.

Hay un abuso de poder, en que cualquier organismo del Estado puede emitir leyes y decretos para seguir vendiendo nuestros bienes que como sociedad hemos protegido durante muchos años o concesionar bienes y servicios con el único fin de beneficiar lucrativamente a los patrocinadores electorales y a los mentores políticos, hasta crear y apoyar fundaciones con fines de control social.

Si el apartado administrativo del Estado hace eso, entonces por qué no lo van a hacer aquellas instituciones que deberían dar ejemplos de honestidad, porque en algún momento dirigirán el destino de la entidad, como son los partidos políticos.

Toda esa contaminación visual y auditiva con la que nos invaden por todos los medios resulta muy tóxica, no sólo por la cantidad de recursos invertidos, sino porque con eso no crean conciencia ciudadana y optan por invertir en falacias de imagen pública, desperdiciando gran parte del recurso que se podría inyectar en bienestar social.

En cambio, sí existe una fuerte inversión aplicada por conceptos publicitarios en aras de tratar un fortalecimiento en la imagen del político para su próximo pretendido ascenso político.

No hay ninguna diferencia entre un supermercado y la real política sonorense. Se ofrecen como si fueran parte de la canasta básica. Ahora todos saben que en el listado de compras hay que poner el nombre del partido o de la persona que se presenta como un posible candidato a las elecciones.

No ejercen política sino politiquería como un oficio antitético del servicio público, pues inhabilita su prerrogativa básica; la honestidad. Han adoptado el rol de mantener una pose engreída y, a través de ella demostrar su poder, que sirve para afianzar la separación con el ciudadano.

En términos generales, la desesperanza nos limita ante un enorme poder corrupto a quien nadie se le anima. Incapaces de enfrentar ese límite, sólo la queja es un denominador común.

Nos sentimos derrotados y asistimos a lo que fueron y son capaces algunos políticos que con sus hechos o sin ellos, derrumban cada día nuestra esperanza. Cambian de bando y hasta de partido político olvidando a quiénes y por qué les dimos nuestro voto; asistimos a la pérdida de puestos de trabajo y a no saber que decir ante un padre que no sabe cómo les va a explicar a sus hijos que no hay trabajo. Vemos que la corrupción empieza en un lado y termina uniendo en la misma red a los que denunciaban.

Sabemos que en la política y en la guerra se usan estrategias para generar en los opositores y enemigos, estrategias para desmoralizarnos y evitar que juntos tomemos iniciativas resistentes a los abusos de poder.

La desesperanza casi como una expectativa defraudada, hace que el futuro parezca una posibilidad atemorizante.

Ante la ausencia del gobierno (estatal y federal) en los hechos violentos ocurridos durante 48 horas en Magdalena de Kino, Sonora, dónde se abandonó a toda una población dejándola inmersa en el pánico como rehenes de bandos criminales en medio de una estruendosa y cruenta batalla que cobró vidas de personas inocentes en el fuego cruzado que nada tenían que ver con alguno de estos grupos criminales y al igual que Vladimir y Estragón entre la esperanza y la desesperación en la espera de Godot, los habitantes aguardaban la llegada de las instituciones que supuestamente resguardan la seguridad y protección de los ciudadanos, las cuales hicieron acto de presencia ya finalizados los actos de violencia, es decir, 48 horas después.

No nos detengamos, no alimentemos a los que se entregan para perpetuarse en un poder que se vuelve un enemigo para toda la sociedad.

Hoy se trata de atesorar valores, esos que creemos perdidos, para hacer un frente común que nos haga sentir parte de la historia y un algo común para poder enfrentar lo que se teme.

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