Opinión

El Paty Sepúlveda Luque: In Memoriam

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Bulmaro Pacheco, columnista

Bulmaro Pacheco, columnista

Las imágenes de Patricio Sepúlveda Luque (Paty) se convirtió por cerca de 40 años, en algo clásico del panorama de Etchojoa; en las afueras del edificio de la Cruz Roja. Todos lo veíamos con su infaltable zapato de enfermero y con la pierna derecha recargada sobre la banca de madera que se ubica entre la enorme pingüica con el depósito cuadrado de tierra y cemento. La otra imagen, muy familiar, era cuando estaba sentado en guardia permanente -siempre de blanco- sobre su aguantadora poltrona metálica rojo con blanco en el exterior del edificio esperando siempre servir. Todos los que pasábamos por ahí veíamos como en su presencia —segura y firme de siempre— se explicaba por la guardia obligada para servirle a la gente en el lugar que ocupa la institución o para trasladarse a alguna casa a inyectar, poner suero o revisarle la presión a alguien, a donde casi a diario solía trasladarse a pie.

Sin duda que a Patricio le gustaba lo que hacía, lo disfrutaba. Encontró su vocación al servirle a los demás, dice orgullosa su compañera de trabajo María Elena: “un ser humano sui géneris”, un caso real de “rara avis” del servicio a sus semejantes. De esos personajes que de vez en cuando uno va encontrando por los caminos de la vida, como para revelarnos -que a pesar de lo que se diga- “no todo está perdido en este mundo”. Tenía razón María Elena. Sus personas preferidas siempre fueron: la gente pobre sin recursos para los que la Cruz Roja representa la única posibilidad de atención real y cálida en los problemas de salud emergentes en un municipio con los servicios de salud muy deficientes. Fue un auténtico servidor social, de esos que por lo general se les reconoce tardíamente, y que nada más por el hecho de verlos con frecuencia en su presencia rutinaria, muy pocos logran valorar. Fue un héroe civil.

“Ni tan pobre que no la puedas ayudar, ni tan rico que no la vayas a necesitar”. “Seamos todos hermanos”, reza el lema de la Cruz Roja, y aunque en los hechos, los resultados, las cooperaciones no les alcanzan ni para lo elemental, funciona. Y a la Cruz Roja; ¿quién la ayuda? Dice con preocupación uno de sus dirigentes.

De origen campesino y de una familia de 14 miembros, Patricio Sepúlveda (El Paty) nació en 1949 y creció en el “Kilómetro 20, de Etchojoa”, un pequeño caserío entre el canal de Las Pilas y el canal Ruiz, cercanos a La Vasconia. Estudió hasta la primaria en Bacobampo y de esos años hasta acá su vida fue un variado conjunto de experiencias que le enriquecieron su vida. Trabajó en labores del campo y en empaques, en tiendas de ropa, en casas, supermercados y restaurantes, haciéndola de todo, como dependiente servicial y eficaz. “Pero eso, con el tiempo, me di cuenta que no era lo mío”, decía Patricio, “quería dar más, servir más, nunca me conformé, me aburría siempre la rutina”, decía.

Algo que cambió radicalmente y reorientó su vocación fue el haber trabajado como voluntario en las campañas nacionales de vacunación realizadas por la antigua Secretaría de Salubridad entre 1965 y 1970 contra la erradicación del paludismo (CNEP) –esta enfermedad azotaba extensas regiones de México, sobre todo las de extrema pobreza. Durante ese periodo aprendió a inyectar y tomar muestras de sangre, y a ver con paciencia el resultado de los tratamientos médicos; “con cloroquina y Aralen”- decía.

No había Cruz Roja en Etchojoa y a finales de 1982 cuando el alcalde era Reynaldo Ibarra Campoy, fue nombrado como primer presidente del patronato el profesor José Juan León Cota.

Patricio Sepúlveda (El Paty) ingresó a la institución en 1983. Le correspondió conseguir la primera ambulancia, y a la Cruz Roja local cubrir desde entonces, el servicio de auxilio de Basconcobe a la Línea con Huatabampo, y hasta la comunidad del 5 de Junio.

Decía que a partir de su ingreso durmió, comió y se bañó en la Cruz Roja. La institución le cambió su mundo, y no volvió a residir en su comunidad de origen. Reconocía que en la administración de Pelagio Félix se dio de alta a los servidores (choferes, enfermero, secretaria) de la Cruz Roja, ayudando con ello a sortear sus penurias y proporcionándoles un salario mínimo, hasta que la alternancia panista de 2006 los echó fuera.

El Paty decía que empezaba a las 5 de la mañana y se acostaba avanzadas las once de la noche. ¿Qué hacía?; checar la presión sanguínea, atender gente con picaduras de animales, enfermedades gastrointestinales, hacer curaciones, aplicar sueros, atender accidentados, heridos por pleitos y riñas, y de vez en cuando atender parturientas, en un tiempo, más de 180 al año. Decía.

El pueblo pobre es siempre generoso, decía Patricio, y “cuida a la institución porque valora sus servicios” y afirmaba: “La mayoría de la gente no tiene dinero para pagar ni las medicinas, y en agradecimiento por temporadas y cuando pueden nos acarrean mangos, panelas, huevos de casa, papas, naranjas, toronjas, verduras”. Todo eso se cocinaba en lo que eran los restos de una cocineta, con los cuatro quemadores de una vieja estufa integrada, en una mesa de cemento forrada, y con un golpeado sartén con restos de frijoles guisados, sin horno ni alacena y sin una mínima reserva de comestibles a la vista. Todo lo consumían a diario, nada quedaba, decía Patricio. El pequeño refrigerador en lugar de guardar comida, era utilizado para alojar medicinas y sueros.

No perdía el tiempo buscándole recovecos a la vida y a las personas y a todos trataba por igual. Confesaba que tenía más amigos de los que realmente pensaba. Sus acciones fueron únicas en la cabecera municipal y estaba disponible las 24 horas del día. En lo personal no contaba con mayores bienes materiales que no fueran su ropa, sus libros, sus trastes, no más de cinco cambios y los uniformes que utilizaba al servicio de la Cruz Roja. Ni vehículos, ni casa propia, ni terrenos tenía. Genio y figura.

“En los últimos 37 años se acabaron para mí las fiestas y los bailes y me he dedicado en cuerpo y alma a la Cruz Roja”, confesaba hace poco Patricio. “No me pienso retirar de aquí a menos que me retire Dios o alguna enfermedad”. “Si nos va a tocar nos va a tocar, todos tenemos la vida prestada”, decía en referencia a la muerte, a la que afirmaba “no tenerle miedo”. Tan no le tuvo miedo, que no dejó de trabajar en plena pandemia del COVID, que combinada con una antigua dolencia le provocó la muerte — apenas a los 71 años— a la una de la mañana con 28 minutos del pasado sábado 18 de julio, en el hospital de Huatabampo. Fue sepultado el mismo día en el panteón de Etchojoa. Patricio deseaba que en el futuro —cuando ya no estuviera—, se le recordara alegre, risueño, vital, optimista, servicial y como una persona que consagró su vida al servicio de los demás. Se le recuerda y lo extrañamos. Servidores auténticos, originales, que hayan hecho de su existencia un apostolado al servicio de los demás… Muy pocos. Él fue uno de ellos. Descanse en paz el gran Patricio (Paty) Sepúlveda Luque. bulmarop@gmail.com

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