Opinión

El astillero del periodismo sonorense

La Tertulia Polaca

por Aarón Tapia

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Aarón Tapia, colaborador

Aarón Tapia, colaborador

El Astillero del escritor y novelista uruguayo Juan Carlos Onetti, es una novela escéptica y poco esperanzadora. s una historia de una comunidad llamada Santa María donde se encuentra un astillero que dio gran prosperidad a ese lugar y que al cabo del tiempo quebró y quedó en ruinas, abandonado, pero, sus pocos habitantes se entramaron en una fantasía en que seguía siendo el gran astillero con muchos proyectos y renovaciones. En la trama existen dos personajes que son el gerente operativo y el gerente administrativo que simulaban como si realmente tuvieran trabajo, maquinaria, personal y en las oficinas totalmente abandonadas y maltrechas, pero jugaban como si las cosas funcionaran realmente bien, como en algún tiempo lo fue, pero realmente vivían de vender como fierro viejo lo que quedaba de la maquinaria. Esta novela me parece, que, refleja una realidad de lo que hoy sucede en gran parte de los medios de comunicación de Sonora y su periodismo, el paraíso de la simulación, un gran engaño.

La credibilidad del periodismo sonorense se encuentra en ruinas como el Astillero de Santa María, la causa de esto es que, a petición de su cliente principal en términos monetarios (poderes oficiales y fácticos), su materia prima no es de calidad y cotidianamente tratan de engañar a sus consumidores finales (ciudadanos) como si les estuviesen entregando un producto de la mejor calidad, cuando en realidad es un producto chatarra con materia prima diluida y/o distorsionada que no sirve de nada. Esa materia prima es la información. Al igual que en la novela de Onetti, simulan con proyectos y renovaciones periodísticas, pero en realidad circulan por los espacios de comunicación los mismos fierros viejos muy oxidados. En el mundo lo que más abunda es el agua y la información y en ambos casos la mayor parte se encuentra congelada, contaminada y no es potable, es decir, son inútiles. Así es como el común denominador del periodismo sonorense se muestra en su relación que este tiene con su medio de comunicación. En Sonora la libertad de prensa está sujeta a los intereses de los propietarios y directivos del medio de comunicación y sin la voluntad de estos, no hay tal libertad. La gran mayoría de los grandes medios solo se basan en un modelo de negocio, no importa la ética de responsabilidad social y de esta manera al ciudadano se le cercena ese derecho constitucional que emana de los artículos sexto y séptimo que es el derecho del acceso a la información. Aunado a todo esto, existe una doble precariedad en los medios de comunicación, la anquilosada y normalizada precariedad laboral y la precariedad moral. La primera provoca en los periodistas la autocensura para preservar su trabajo, quedando atados a los ya mencionados intereses de propietarios y directivos y la segunda, su prostitución y “sicariato”, a cambio de convenios, lo que coloquialmente se le conoce como chayote, dicho de otra manera, convertirse en una especie de drenaje de la comunicación social de políticos y empresarios, donde hay algunos que ganan mucho dinero. Son dos situaciones muy distintas, pero, al final coinciden en hacer un periodismo de muy baja calidad y de una dignidad pisoteada.

Si queremos que el periodismo no solo sea relaciones públicas, tenemos que evitar que los medios de comunicación estén centrados y cooptados en el poder, porque así los medios de comunicación jamás podrán ser (ya no digamos control del poder), ni siquiera podrá ser un elemento de vigilancia al poder. Para ello es necesario que exista la presión ciudadana, para que se detone la voluntad política de erradicar la grotesca simulación en las regulaciones de los convenios publicitarios gubernamentales y legislativos, para así crear los mecanismos pertinentes y necesarios que regulen el reparto de los recursos de manera equitativa y transparente en los medios de comunicación, porque hoy en día solo sabemos que se reparte cantidades grotescas de dinero del erario pero no bajo que criterios.

Pero también estamos ante una situación donde la ciudadanía ha tenido una responsabilidad histórica, porque no hemos sabido organizarnos para defender y reclamar el derecho a la información de calidad que es la base de una democracia sana.

Podríamos considerar que existen cinco servicios públicos que son esenciales y que todo Gobierno debe garantizar a su ciudadanía: salud, educación, seguridad pública, justicia y la información. Mientras esto no lo defendamos, ¡estamos jodidos!

¿Por qué no iniciar una alfabetización mediática? Esto sería incluyendo en el sistema de educación en todos los niveles, desde primaria hasta universidad, los estudios enfocados sobre el conocimiento de los medios de comunicación, para formar ciudadanos con capacidad crítica que nos haga capaces de discernir la necesidad de reivindicar nuestros derechos de las audiencias, de esta manera se empezaría a gestar una sociedad donde los ciudadanos controlarían al poder y no el poder a los ciudadanos. Hay que reconocer que si existen medios de comunicación y periodistas (pocos, pero los hay), que son verdaderamente independientes y que hacen un trabajo encomiable, se esfuerzan día a día por dignificar el periodismo y que en estos momentos de cambios tecnológicos e irrupción del internet en el periodismo y en medios de comunicación, representan una oportunidad y esperanza de transformación periodística desde la trinchera de la libertad de expresión, pero, insisto, deben ser apoyados por la ciudadanía. Cierro con una anécdota ocurrida a finales de los sesentas, en el transcurso de un debate en Alemania, donde quien fuera el primer ministro alemán, Willy Brandt le reclama al poderosísimo secretario de estado de los EE.UU., Henry Kissinger, de planear y promover la privatización de las televisoras en la República Federal Alemana. Kissinger lo negó categóricamente, argumentando que las televisoras privadas supondrían el final de la democracia alemana.

Esta anécdota revela como, no hace mucho tiempo, era una idea de gran consenso que la mercantilización (prostitución en su gran mayoría) de los medios de comunicación podría suponer una amenaza a la calidad democrática. Hoy damos cuenta de que no estaban nada errados.

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