Opinión

El fracaso de Alfonso

Leviatán
domingo, 21 de febrero de 2021 · 08:27

A mediados de 2018, en tiempos de construcción de su próximo gobierno, Andrés Manuel López Obrador se percató de que contaba con muy pocos expertos en su equipo, los cuales pudieran hacerse cargo de alguna cartera importante en el gabinete. Entonces, el presidente tomó una decisión peligrosa: priorizar la lealtad sobre la capacidad.

 Desde entonces, con el tabasqueño vale más la zalamería que el resultado.

  Ante dicha coyuntura, endulzándole el oído desde hace un largo tiempo, Alfonso Durazo logró que el mandatario cediera y le convirtiera en secretario de seguridad. Las bazas del sonorense fueron la implementación de una estrategia preventiva más que reactiva, además de la construcción de un cuerpo de seguridad civil que permitiera a los militares regresar a los cuarteles y, de paso, desaparecer a la Policía Federal, organización relacionada al calderonismo.

  López Obrador se convenció de que con el plan de Durazo la anhelada paz quedaría al alcance de su mano, con lo que él podría instalarse en el olimpo de presidentes mexicanos. Al tiempo, el hoy candidato a la gubernatura de Sonora comprendía que, si su apuesta era ganadora, podría pedir cualquier cosa, literalmente cualquiera.

  La efervescencia de su proyecto pronto menguó. El dúo recibió un duro golpe de realidad por parte de los altos mandos del Ejército nada más sentarse en la mesa a negociar: los militares aceptarían a Durazo, siempre y cuando se apegara a la planeación que ellos manejarían, pues de ninguna forma iban a ceder el coto de poder ganado en los dos anteriores sexenios.

  Cuentan que, tras las primeras reuniones, Durazo quiso imponer su visión, una muy distante a la del cuerpo castrense y que si logró salir avante fue por el respaldo del mandatario. Así, los jerarcas de olivo dieron margen al de Bavispe por unos meses, eso sí, sin apoyarlo, ni ofrecerle consejo o herramientas para enfrentar al crimen.

  La historia posterior es conocida: Durazo no le encontró la cuadratura al círculo y el narcotráfico profundizó su control del país, captura y liberación de Ovidio Guzmán mediante, entre otros momentos lamentables.

  Para entonces, el ejército sabía que era su momento: el fracaso de Durazo era su victoria. Dejarían que el entonces secretario se mantuviera en funciones, pero sólo como figura decorativa y como punching bag de la prensa ante los hechos violentos y la presentación de los datos oficiales.

  Con la poca energía y credibilidad en los círculos de poder, a Durazo le alcanzó para retar a los jefes de la milicia. Incluso, varias fuentes nacionales afirman que estuvo a punto de liarse a golpes con un par de altos mandos en las reuniones de seguridad.

  Pero la peor derrota de Durazo estaba por suceder: la entrega de la Guardia Nacional a los militares significó la debacle absoluta. El sonorense pretendía que el nuevo cuerpo policiaco se constituyera con civiles, desde la tropa hasta los altos mandos, pero al final, la que hay que reconocer, era una buena idea, acabó como un bodrio sometido a la cúpula castrense.

  “Díganme ustedes el nombre de un civil que tenga el reconocimiento y la capacidad de dirigir a 50 mil militares” dijo Alfonso a varios colectivos en uno de los días en que consumó su caída. La frase le costó que desde la Sedena todo se acelerara

  Ahí acabó la gestión de Durazo, al que cada vez se le vio menos al frente de la estrategia de seguridad, pasando más tiempo en sus oficinas, albergando la idea de huir en cuanto pudiera del gabinete presidencial.

  “¿Estás seguro, Alfonso?” narran que preguntó el presidente al sonorense cuando le pidió su venia para ir por la gubernatura. López Obrador, viejo lobo de mar, sabía que permitírselo

significaba colocar a un candidato plomizo en un estado muy deseado por Morena; el tabasqueño habría preferido mantenerlo como secretario pese al repudio del Ejército y de la Marina, pues, se sabe, prefiere lo electoral al buen gobierno.

  Pero al final Durazo llegó a Sonora, con un gran fracaso a cuestas, sin conocimiento del medio y con un perfil que negocia poco y gestiona menos. Así desea gobernar.

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