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Amor y democracia

Leviatán
domingo, 11 de abril de 2021 · 08:07

“Si callara el ruido, quizá podríamos hablar y soplar sobre las heridas… quizás entenderías que nos queda la esperanza”

-Ismael Serrano

 

Para S.R.R

Como del amor, la gente no sabe nada sobre la democracia, al menos de su teoría. Y no es un pecado, por el contrario, trata de una virtud porque ambos no deben teorizarse, sino vivirse en el día a día, volviéndose herramientas para construir, para edificar instituciones y caminos que nos acerquen a una mejor vida.

Todo lo que nos rodea comienza en ellos y son las acciones (no las palabras) que realizamos a partir de poseerlos las que definen quiénes somos; porque no, no es el imaginario colectivo, empeñado en el pensamiento mágico o las frases para la mercadotecnia de la mente, quienes ponderan nuestra conceptualización personal.

No existen manuales para su uso, pero ambos casos resultan fundamentales para que el individuo ejerza su función pública, teja un sentido de pertenencia y pueda nombrarse ciudadano, un ser civilizado que exija mejoras en su entorno, en razón de que él mismo teja condiciones favorables para quienes le rodean.

Evidentemente, algo tan etéreo asume altos riesgos. La fragilidad de la democracia, como la del amor o de una virtud similar, la pone en riesgo permanente, incluso de uno mismo, que, con su no implicación, su vaguedad o irresponsabilidad por asumir las obligaciones que contrae, la deja herida de muerte.

Frente a tal ignorancia, el peligro consiste en la renuncia general a pensar y a sentir, ensimismándonos al grado de hacernos creer que no puede haber un espacio para la reflexión y la posterior aceptación de que nos equivocamos; en resumen, la soberbia nos hace inflexibles para adjudicarnos la culpa y hacer algo con ella, decir al menos “no volverá a pasar”.

Ese vacío lo aprovechan, cómo no, los agoreros del desastre, aquellos que se alimentan del caos, los que apelan a que el deber ser pierda fuerza y, así, fijar sus ideas, por lo general arcaicas y retrógradas con las cuales controlarnos y hacernos sentir que no vale la pena cambiar, que el ser arrojados en pro de lo que vale la pena sirve de poco y nada.

Por ende, el ciudadano, como el amante, tiene la obligación moral y social de hacer frente a esas fuerzas anti desarrollo, inclusive si se encuentran dentro de sí mismo. De vez en vez, la vida presenta oportunidades para demostrar el valor, ya sea en las urnas, en un aula o en un mensaje adecuado a la hora precisa.

El tiempo no nos sobra y el destino nos alcanza en una carrera frenética. El futuro nunca será perfecto, pero cuando menos debiéramos decidir que sea el nuestro, y no uno que los agoreros del desastre elijan ante nuestra ausencia, sea física o intelectual.

Ejercer la democracia, como amar, nunca será un error, la cobardía, como el autoengaño, sí.

El seis de junio se acerca.

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