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De promesas y absurdos

Leviatán
domingo, 18 de abril de 2021 · 08:09

El tiempo electoral no es dulce, en realidad resulta tan absurdo que podría odiarse: saturación de rostros, eslóganes huecos, movilizaciones inocuas y, sobretodo, una serie de promesas con tufo a fracaso y a mentira. Lo dicho, sumado a la pandemia, hace un cóctel que en lugar de animarle sume a la ciudadanía en la desesperanza, en el hartazgo de deber decidir quién les gobernará. Sólo los gurús de la mercadotecnia política parecen disfrutarlo.

  Evidentemente, participar libremente en unas elecciones tendría que ser un privilegio, posicionarse como uno de los más altos honores como ciudadano, cuyo principal poder radica, precisamente, en sufragar libremente; ocurre que en México la clase política secuestró el deber ser electoral convirtiéndolo en un circo donde las convenciones y los convencimientos se logran a través de la coerción o el eufemismo.

  En lugar de encontrarnos con un debate sobre las condiciones que guarda el entorno, de los problemas estructurales, de las deficiencias del sistema, de la injusticia social o de la desigualdad, lo hacemos con una serie de lugares comunes, de ataques entre los aspirantes a un cargo y, con suerte, de buenos deseos sin el menor fundamento de realidad.

  Sonora lo sufre desde hace un mes y es hora en que los aspirantes al gobierno estatal, que afirman liderar las encuestas, mantienen discursos, que, si no son planos y grises, sí están rebosantes de medias verdades y, sobretodo, carentes de sustancia, de conocimiento sobre las causas que llevaron a la entidad al estancamiento económico, al baño de sangre o a un estado de derecho debilitado.

  En el caso de Alfonso Durazo, el suspirante oficial del lopezobradorismo, inquieta su incapacidad de argumentar sobre hechos: el morenista prefiere los dichos, opta por decretar como si la política se tratase de pensamiento mágico, de que, con desearlo, las cosas ocurrirán por sí solas. Fiel seguidor de Andrés Manuel López Obrador, Durazo pretende lograr la victoria con ese tufo de populismo que exhalan las paredes de Palacio Nacional.

  El exsecretario de seguridad pública cree que sus serias deficiencias de discurso y su profundo desconocimiento de la cotidianeidad del sonorense pueden taparse con sofismas y el discurso polarizador, sumado a las frases como “primero los pobres”, sin notar que las urgencias de Sonora son tales que los aspirantes tienen una obligación moral de desmenuzar aquello que somete a la entidad.

  De ahí, Ernesto Gándara no está tan lejos; el ¿priista? Mantiene una campaña anodina, que no termina por asentarse ni definirse, producto, en buena medida, de no poder construir una agenda política que satisfaga a las diferentes fuerzas que constituyen su alianza. Es suficiente con escuchar sus propuestas, la mayoría alejadas de la realidad, pues ninguna de ellas realmente podría resolver alguno de los problemas profundos de Sonora.

  Pareciera que Gándara hace campaña para los usuarios de redes sociales, que a lo que aspira es a caer bien, a situarse como el candidato del buenondismo, lo equivalente a ganar votos a través de la imagen, y no del contenido, no del discurso poderoso, ni de enfrentar la realidad, sino por el hecho de situarse como el aspirante “alivianado”, como si esto fuese una virtud.

  Mucho debe cambiar entre Durazo y Gándara si quieren elevar el nivel de un proceso electoral alicaído, pero, sobre todo tendrían que escudriñar en las dolencias de Sonora que, por ejemplo, es el estado número 25 en inversión pública, el quinto más endeudado, el séptimo con más desempleo y el séptimo más violento.

  La política electoral no trata de prometer sino de concientizar, pero si no hay conciencia del candidato por comportarse a la altura y ostentar la calidad moral necesaria, todo se limita a un grito en el desierto de las ideas.

  Sonora no tiene tiempo, ni argumentos, para darse el lujo de fallar nuevamente con la elección de su gobernador. Entonces, las deficiencias y lagunas que dejan los dos presuntos punteros perfectamente pueden ser aprovechados por un rival que no busque vencer por vencer, sino que quiera convencer para vencer. No es cuestión de fuerza, sino de convicciones.

  Y se sabe, pocos son los hombres de convicciones.

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