Opinión

Bájate del árbol

Alfa y Omega 

por Any Cárdenas

¿Nos acordamos cuando fue la primera vez que conocimos a nuestro mejor amigo o amiga? Recordemos cuándo, dónde, qué sucedió, que pensamos de él o ella, qué sentimos...

Seguro que hay alguien a quien nos gustaría conocer bien porque es un personaje importante para nosotros o porque lo admiramos mucho o hemos oído hablar cosas estupendas de él o ella. ¿Qué pasaría si un día lo conociéramos y nos dijera que quiere hospedarse en nuestra casa? ¿Qué haríamos?

Bueno, aquí tenemos a Zaqueo:

Algo parecido le sucedió a Zaqueo. Él era de Jericó, una ciudad importante y era el jefe de los recaudadores de impuestos, por lo que era muy rico y era mal visto por sus conciudadanos. Se enteró de que venía nada menos que Jesús de Nazaret a su ciudad. Había oído hablar de Él y quería conocerlo. Pero, como era bajo de estatura, no podía verlo a causa del gentío. Así que echó a correr hacia delante y se subió a una higuera para verlo, porque iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo:

-Zaqueo, baja enseguida porque hoy tengo que alojarme en tu casa.

Él bajó a toda prisa y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, pensaban y decían lo peor. Claro somos malpensados desde entonces y ver que Jesús mismo se hospedaba en casa de un pecador, pues era algo para no pasar desapercibido.

Con este acontecimiento, de nuevo Jesús plantea un reto a sus contemporáneos que creían que lo perdido estaba perdido para siempre. ¡Vuelve a colocar a los pecadores por delante en el Reino de los cielos!

Claro, que ese encuentro provocó algo maravilloso. Zaqueo se puso en pie ante el Señor y le dijo:

-"mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más".

Jesús le dijo: -hoy la salvación ha venido a esta casa, porque también este es hijo de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido.

Nos damos cuenta de todo lo que aconteció en aquel encuentro tan fantástico. De Zaqueo nunca más se supo ni en el evangelio ni en la tradición. Pero estamos seguros de algo: nunca se olvidaría de lo que experimentó en aquel día. Por primera vez, en su vida había encontrado alguien que, ante su pecado, no experimentaba desprecio, sino una infinita ternura y un deseo enorme de sanar sus heridas internas en lugar de condenarlas; alguien, que le ofrecía una nueva vida: ‘la verdadera vida’.

Zaqueo se sentía vacío, hasta aquel día en que se había encontrado con Jesús.

Y lo que le pasó a Zaqueo nos pasa a todos. Todos buscamos ser felices y a veces lo hacemos por caminos equivocados. Buscamos que el dinero, el poder, los caprichos, las salidas sociales nos den la felicidad, pero, en el fondo, como Zaqueo nos seguimos sintiendo vacíos.

Queremos ser felices, pero ¿dónde está la respuesta?

La respuesta nos la da Zaqueo: Jesucristo es el camino, la verdad, la vida. Jesús salió a su encuentro, fue hacia él, lo miró y lo eligió para hospedarse en su casa. ¿Lo eligió porque lo conocía? Parece que no, ¿por qué era alguien con mucho mérito? Pues parece que tampoco, más bien a la gente le parecía lo contrario. Jesús, elige a Zaqueo porque lo ama sin más, sin pedirle nada a cambio. Jesús le muestra a Zaqueo que Dios lo ama infinitamente y por eso lo perdona y le da la posibilidad de emprender una nueva vida.

Ojalá que esto lo entendamos. Que nosotros también entendamos y experimentemos que Jesús pasa por nuestra vida y que nos ama hasta la locura, hasta dar la vida por cada uno. Hay que seguir a Jesús, quien es nuestra felicidad completa... si no, hay que buscarlo pacientemente, hay que subirnos al árbol aunque hagamos el ridículo a los ojos de los demás. Subámonos al árbol, abramos bien los ojos del corazón y veremos a Jesús venir hacia nosotros a proponernos que vayamos con Él. Y no tengamos miedo, nos jugamos la felicidad. Zaqueo entiende que tiene que corresponder a ese amor. Zaqueo decide dar casi todos sus bienes a los pobres y restituir lo que había robado. En realidad, es para él un cambio total de vida, prácticamente supone dejarlo todo por amor a aquel hombre que llama ahora, ‘Señor’. Zaqueo cree en Jesús y lo sigue. No sabemos si se fue con Jesús y sus discípulos camino de Jerusalén, pero lo que sí decimos con certeza es que cumplió su promesa. Y con esto, Zaqueo se convirtió seguramente en un testigo de Jesucristo. Sus conciudadanos pudieron ver con sus ojos el cambio. Ya no sería el hombre entristecido. ¡No!, ahora estaba alegre y cuando repartiese su dinero a los pobres y pagase a los defraudados, seguramente ejerciendo su oficio, ahora de manera intachable les contaría el porqué, contaría lo que le había pasado con ese hombre y les contaría que Él es el Mesías, el Señor, el Hijo de Dios.

Entonces ahora, igual que Zaqueo, tenemos una llamada a la plenitud que solo podemos responder plenamente si seguimos a Jesús, si nos unimos a Él de una manera profunda. Esto, es todo un plan para recuperar y hacer feliz a Zaqueo. Este proyecto también está dirigido a nosotros, se parece al de Zaqueo, ya que Dios quiere que sigamos a Jesús. El plan de Zaqueo quedó claro... ¿cuál será el nuestro? ¿Qué caminos tenemos? ¿Dónde los encontramos? Estos caminos están en la Iglesia con todo lo que Jesús le ha entregado a ella. Podemos decir que ‘sí’ o podemos decir que ‘no’. Dios nos ha dado la libertad para que elijamos... pero, ¡cuidado!... nos jugamos nuestra felicidad y la de mucha gente si por miedo, capricho o rebeldía rechazamos la llamada a un camino concreto que Dios nos hace, un Dios que desea lo mejor para nosotros.

¿Hemos escuchado al Maestro? No nos preocupemos si Jesús no nos lo ha dicho todavía, basta que estemos atento como Zaqueo, subidos al árbol. La llamada no se descubre de la noche a la mañana, hay que ser paciente y esperar. Estemos seguros de que Él hablará. No lo dejemos pasar, si no tenemos esto en cuenta, puede que Jesús pase por nuestro lado y no lo veamos. ¿Lo recibiremos en nuestra casa? De nosotros depende...

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