Opinión

Correo a un amigo extranjero

Terlenka

por Guillermo Fadanelli

En verdad tengo muy poco que contarte, querido amigo, y más cuando han pasado tantos años sin encontrarnos y nos vamos transformando en extraños o, cuando menos, en sombras de la memoria. ¿Todavía acostumbras tomar Jagermeister en el desayuno durante estas fechas? A menudo siento una especie de desasosiego porque sé que tengo varios amigos y amigas viviendo fuera del país —e incluso dentro— y que presiento no volveré a ver, puesto que alguien abrió la llave del tiempo y este se dilapida de una forma por demás asombrosa. Mis amigos José Luis Alonso y Fernando García viven en Miami; Teresa Yagüe en España; Sarita Glaxia y Julio García, en Viena; Gabriela y Claudia en Londres; Felipe, en Los Ángeles; Naief en Nueva York; Julieta Aranda en Berlín; Jahaciel en Jalapa, y más. Podría hacer una lista considerable que terminaría siendo algo así como los apuntes, bosquejos o trazos de una vida difusa. Y a todas estas personas las he apreciado, más la lejanía y el tiempo me hacen sospechar que ya no será posible volverlos a ver. Y, últimamente, ello me ha agobiado pues cuando era más joven, impulsivo y fuerte ya los habría ido a buscar como acostumbraba hacer hace diez o veinte años. En una de esas me calzo los tenis y me lanzo al abismo de su búsqueda. Los acontecimientos tienen un lugar en el tiempo y estos no volverán a repetirse (o se repetirán eternamente, como sugería Nietzsche, lo que para el caso es lo mismo). Ese tiempo al que me refiero se parece más a la duración o a la concentración de todos los momentos en uno, tal como la concibieron Bergson y algunos poetas románticos o cualquiera que sepa que estamos hechos de tiempo.

Aquí, como sabes, ha habido un cambio de gobierno. Ello ha dado oportunidad para que todos se pronuncien al respecto. En realidad no imaginamos qué va a suceder. Tú sabes, pues te lo comenté a menudo en nuestras charlas, que no debemos preocuparnos demasiado por lo social a riesgo de descuidar lo más importante, es decir, la conservación íntima de nuestra libertad y de nuestro pensamiento. Por ahora soy sólo un observador; en caso de votar yo habría votado por el actual presidente pues ni remotamente había otra posibilidad y no tuvimos candidatos independientes, sino una farsa y derogación simbólica de esta idea. Y la alternativa zapatista se presentó pálida y como un símbolo. Me causa desconfianza el congreso, el poder judicial y algunas instituciones que tendrían que construir progreso para los ciudadanos ingenuos que confían en ellos. Como observador sólo espero que al final de este gobierno sea posible apreciar un mayor bienestar general y que después no se deje a la población en manos de una derecha ingenua y extremista. Tú sabes, esa ley del péndulo que ha llegado a ser una terrible caricatura, tanto en Latinoamérica como en Europa.

Las utopías ya no me causan daño, como sucedía antes cuando era más joven. En 1887, vino a México un tal Albert K. Owen a fundar un falansterio en Topolobampo (me he enterado de ello leyendo a Luis Gozález y González). Fracaso, claro. Sin embargo, desde Las Casas hasta Saint Simon —que vino a México a meter su cuchara, como escribe I. Berlin— ha habido siempre extranjeros que han visto en estas tierras la arcadia o la posibilidad de hacer posible la utopía. Mi propia familia, siendo presidente Manuel González, llegó a Huatusco desde Italia en 1881 para fundar una nueva colonia y así una vida impregnada de futuro. ¿La tuvieron? No lo creo, y más si yo soy consecuencia de ellos. Como te habrás dado cuenta el futuro ha sido sólo para unos cuantos y quienes han gozado de la utopía han sido los criminales y los abusivos. Los parientes de uno son los extraños de otro, y desde David Hume hasta R. Rorty estaban ciertos de que una sociedad respirable es aquella donde los extraños comienzan a verse entre sí como familiares (extender la simpatía, diría Hume), pero ello aquí es casi imposible; hay mucha terquedad, necedad, resentimiento, miedo y rencor; y las personas pasan su tiempo libre mirando la televisión, escuchando comentarios estúpidos, fruslerías de saltimbanquis famosos, y atrofiando su capacidad crítica por medio del entretenimiento más desolador e indigente. No tienes idea lo difícil que es mantener una conversación sobre asuntos éticos y morales con quienes ni siquiera son capaces de hojear un libro. Se expresan con pasión, seguridad, autoridad y odio, pero no han reflexionado en los argumentos que sostienen, puesto que consumen su vida inmersos en sus aparatejos, redes sociales y chismes inocuos y humillantes. No te quiero molestar, querido amigo, con malas noticias, pues sé que tu país (en caso de que algo así exista) no es la mar de virtudes. ¿A quién le interesa escuchar lamentos y quejumbres que provienen desde tan lejos? Al menos no a mí. Te envío mis abrazos y si no te vuelvo a ver no me lamento: las buenas amistades te acompañan incluso en su ausencia ya que han hecho del tiempo un acto de gravedad, intensidad y simultaneidad. Perdonarás estas últimas palabras, algo pedantes, pero estoy releyendo a Bergson y ello me da ánimo para pensar que el tiempo no es sólo esta sucesión de hechos sin sentido y envejecimiento ordinario.

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