Opinión

Este es el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo

Alfa y Omega 

por Any Cardenas

En el antiguo Israel, cuando alguien cometía alguna falta moral tenía que proveer un cordero como sacrificio por su pecado y darle muerte por su propia mano. La idea era que alguna criatura inocente debía perder su vida como substituto del pecador.

Si no se hallaba alguna criatura inocente con la cual hacer ‘expiación’ por el pecado, entonces el pecador debía entregar su propia vida. Después, sucedería con Cristo, el Cordero de Dios, cuando muere por los pecados del mundo.

Sucedía así un milagro que ningún otro método podría haber hecho.

El pecado es, en sí mismo, lo más peligroso, venenoso y mortífero que podamos hacer, pero a la vez, parece que es lo que más nos gusta a los seres humanos. Lo demostramos en nuestros actos.

El pecado no es algo que se pueda simplemente ‘perdonar’, como quien disculpa cortésmente a alguien que por torpeza le ha dado un pisotón. Dios no puede encogerse de hombros y decir: "¡sé que eres pecador por naturaleza y que te resulta inevitable pecar. Por lo tanto, sigue viniendo a misa, confiésate, y yo te haré un gesto de perdón para que te vayas tranquilo y vuelvas a pecar. Solo que no dejes de seguir asistiendo a la iglesia y sigue confesándote y recibiendo la sagrada comunión, como quien no deja de pagar su renta. Y cuando te mueras, te pondré en el purgatorio para que, después de tu muerte, el fuego destruya tus pecados!".

¡Pero no es así! Dios ha sido claro desde el principio. Nos ha enseñado que el pecado mata y que es ahora cuando debemos quitarlo de nosotros.

Dios ofreció a su Hijo para su inmolación y para pagar por nuestros pecados. ¡Ya nadie ocuparía ese puesto!

...ANTES DE CRISTO:

Cierta noche, Dios despertó a Abrahán y le dijo: "toma a tu hijo Isaac, a quien amas y vete a la tierra de Moria y ofrécelo allí en holocausto". De modo que salió calladamente de la tienda, despertó a Isaac y dijo: "Vamos, el Señor nos ha llamado a ofrecerle un sacrificio".

¡Isaac ni soñaba que él iba a ser la víctima! Él sería el cordero del sacrificio. Caminaron y caminaron, por tres días. Al final de la jornada, Isaac hizo una pregunta inocente: "Padre mío, aquí están el fuego y la leña, pero, ¿dónde está el cordero para el holocausto?". Abraham no se atrevió a confiarle lo que Dios había pedido. En cambio, respondió: "Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío". Pero al llegar a la cumbre, Abraham tuvo que confesarle la terrible verdad. Construyó el altar y levantó el cuchillo para quitarle la vida.

Entonces, una voz del cielo resuena: "¡Abraham, Abraham!: Detén tu mano y no le hagas nada a tu hijo. Ya sé que temes a Dios, pues no me negaste a tu hijo único". ¡El patriarca había pasado triunfante la prueba más dura!

Hay algo nuevo que relaciona íntimamente su corazón humano con el corazón de Dios. El mismo amor que moraba en el corazón del Padre está también en el de Abraham. Un amor muy distinto del que nosotros sentimos naturalmente. Pero Jesús se esforzaba en que entendiéramos. Ya que durante el tiempo que anduvo con sus discípulos se presentó como el cordero de Dios que sería sacrificado por los pecados del mundo. Desde mucho antes les declaró que Él era el pan de vida, pero hasta entonces no habían comprendido el pleno significado de esas palabras.

Aunque parece que hoy día no sabemos valorar tal hecho. El mundo entero, sumido en las tinieblas y la desesperanza, hace la misma pregunta que hiciera Isaac: "¿dónde está el cordero?". ¿Dónde está el Salvador que pueda rescatarnos de nuestros pecados? Estamos cansados de los placeres sin sentido que ofrece este mundo... (pero nos encantan). Todo el dinero y los placeres vanos que podamos obtener o expresar no pueden traer paz al corazón. ¿Dónde está el ‘cordero’ que nos pueda salvar?

La respuesta es muy sencilla, el cordero que se ofreció voluntariamente a una muerte dolorosa, está a nuestro lado, en la familia, en la sociedad, en el prójimo, en la naturaleza, en el mundo entero, está en los actos con frutos, está en la iglesia, en la sagrada eucaristía. Sí, es cierto que muchas veces no lo notamos. Pero no es porque Él no quiera; es porque nosotros somos tan limitados que no somos capaces de sentir su presencia.

Jesús es el cordero presente siempre en el tiempo. Además este cordero no solo quita el pecado, sino también nos perdona, nos redime, nos ama, nos inspira, nos escucha cuando le hablamos, nos prepara un camino y nos abre las puertas del cielo.

Jesús el cordero es el regalo más grande que Dios nuestro Padre nos ha dado. El Señor no pudo obsequiarnos nada más hermoso durante aquella La última cena y continúa hoy haciéndolo.

Escuchemos lo que se nos dice una y otra y otra vez: "he aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo".

¡Abramos hoy nuestro entendimiento! Ya no tardemos. El tiempo pasa... y las oportunidades también...

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