Opinión

Locombia

Carlos Echeverry
 

por Redacción Tribuna

Así llamamos a Colombia, cuando lo irracional aparece y la sinrazón se vuelve norma.

Un paro nacional, donde sea que se geste, es un poderoso llamado de atención al gobernante. Implica que una sociedad cansada grita "basta".

Un paro nacional es una de las armas más poderosas de una sociedad frente a cualquier tipo de gobierno. Y eso fue lo que sucedió en Colombia el pasado jueves 20: un paro que nos dejó imágenes extraordinarias, que reflejaban -hasta ese día- la civilidad de una sociedad: estudiantes limpiando los graffitis que los descerebrados habían rayado. Jóvenes rechazando a encapuchados infiltrados en la marcha. La fuerza pública, respetuosa. Música, fuerza, fiesta democrática. El Presidente y su Gabinete encajando el golpe a la mandíbula. El país diciéndole con fuerza al presidente Duque tres verdades: queremos que se respeten las pensiones, queremos que se respete el proceso de paz y cesen los asesinatos de exguerrilleros -ya van 160 asesinatos selectivos- y queremos más inversión en educación. Claro, contundente. Hasta el jueves 20. Y el viernes 21, apareció la Locombia que no queremos: grupos sincronizados de vándalos, entre ellos muchísimos infiltrados venezolanos, se dedicaron a destruir e incendiar. La violencia planificada, la violencia por la violencia, sin otro fin que causar daño. El paro se desvirtuó. El toque de queda en Bogotá y Cali fue el cierre triste de una jornada que empezó bien y finalizó de la peor forma.

Hay factores comunes en nuestro continente que ayudan a explicar las protestas, más no la violencia. En toda la región, y ningún país escapa a esta realidad, encontramos corrupción, narcotráfico, injusticia social, ataques a la prensa libre, e inequidad. Somos democracias débiles. Y están nuestros problemas, nuestra propia cosecha colombiana: la parsimonia en el cumplimiento de los pactos de paz, la necesidad urgente de la reforma rural, el asesinato sistemático de defensores de derechos humanos y líderes sociales, el renacimiento de la guerrilla del ELN, la presencia activa de carteles mexicanos de narcotráfico, y el efecto nocivo y corrosivo de las migraciones venezolanas sobre el empleo y la seguridad, especialmente en Bogotá, pero que se multiplican en todo el país. 

Ahora bien, anoto en mis viajes y escucho a mis amigos periodistas, mientras Maduro siga envenenado a Colombia llenándola de delincuentes, mientas Duque siga los pasos nefastos de Uribe buscando la guerra, mientras México siga mirando indiferente a Latinoamérica escudándose en normas obsoletas de no-intervención en un mundo globalizado (a la par que abraza a dictadores como Morales), mientras Bolsonaro siga depredando la democracia y la Amazonia, Chile despierta de su falso sueño de hadas, Bolivia asombra al mundo, tratando de renacer en medio de las ruinas y destrucción de sus instituciones y Argentina entra de nuevo en su laberinto, la Violencia con mayúsculas inicia su cabalgata, como aquellas calaveras con guadañas que pintaba Pieter Brueghel, el viejo.

La polarización - desde México hasta Argentina- está envenenando nuestras precarias democracias. Supone uno que - citando a Paul Lederach- "se necesita el diálogo entre improbables". Es la única vía conocida para construir respeto y tolerancia entre personas y grupos con visiones del mundo distintas. Y la única ruta para que cuando busquemos en Google Colombia, no aparezca Locombia.
Carlos Echeverri, colombiano. Trabaja con prensa en América Latina.

Esta nota incluye información de: Carlos Echeverry

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