Opinión

Los 40 especiales

Alfa y Omega 

por Any Cardenas

Moisés, Elías y el Señor nos indican lo que debemos hacer, no solo con sus palabras, sino con sus obras: Moisés, el legislador, el cual, en el espacio de cuarenta días ascendió a la cumbre de la gran montaña. Durante esos días solo se alimentó de la palabra divina que provenía del mismo Dios.

Elías el profeta que con la fuerza de una sola comida en cuarenta días llegó a lo alto de la montaña.

Allí mereció escuchar el mensaje divino relativo a la salvación de los israelitas.

El tercero es el mismo Señor Jesucristo, que durante cuarenta días enteros vivió los secretos del desierto y venció todas las tentaciones del maligno.

Ahora, en este tiempo, hay que esforzarnos para erradicar de nosotros durante estos cuarenta días toda mancha que nos aleje de Dios, de modo que podamos transformarnos después en verdaderos acompañantes de Jesús, el redentor.

No es preciso ser demasiado sensible para darse cuenta de que la Cuaresma ha perdido en muchos su significado. Sabemos lo que es la Semana Santa: hay procesiones, vacaciones escolares, un largo fin de semana que muchos aprovechan para tomarse unas mini vacaciones.

La Semana Santa, todo el mundo la espera y cuenta con ella. En medio queda la Cuaresma y tenemos que reconocer que ésta parece que cada año es más desconocida.

Sin embargo, desde cuarenta días antes del Domingo de Ramos, comienza el tiempo de Cuaresma con la celebración solemne del Miércoles de Ceniza, con lo cual inicia el tiempo de conversión que prepara a los cristianos para vivir más intensamente la Pascua.

El número 40 simboliza en la Biblia un tiempo de preparación y de renovación espiritual: la huida a Egipto del pueblo de Israel dirigido por Moisés. Entonces, los hebreos estuvieron retirados 40 años en el desierto, antes de la entrada a la Tierra prometida. Dios acordó 40 días a los habitantes de Nínive para que se convirtieran. Cristo pasó 40 días en el desierto antes del comienzo de su vida pública.

Durante los 40 días que dura la Cuaresma la Iglesia exhorta a los fieles a la conversión. Se propone que ‘volvamos a Dios’ o que si estamos alejados, pues es tiempo de que vayamos acercándonos, porque nosotros necesitamos mucho de Él.

Habrá que ponernos listos para caminar hacia el encuentro con Cristo resucitado y para vivir de verdad este encuentro como debe ser, se necesita preparación y entrenamiento.

Se trata de hacer un recorrido de cuarenta días poniendo los pies allí donde Jesús pisó, haciendo nuestro su mensaje y haciendo nuestra ‘la cruz’, que no debemos perderla de vista. Esa cruz que no es una derrota, sino un arma secreta y poderosa.

Es un tiempo para volver a Dios y a nuestros hermanos. Pero hay que tomar en cuenta que para poder hacerlo es necesario reconocer que nosotros, así como hombres y mujeres nada más, no podemos arreglárnoslas solos. Necesitamos de los demás y sobre todo necesitamos de Dios.

La Cuaresma es, además un tiempo para volver a nuestros hermanos. Dios no quiere que pasemos esta temporada enemistados de aquellos a los que palabras o actos nos distanciaron o sin asistir a la misa dominical.

Nuestra mirada debe detenerse en Jesús, para aprender con Él a mirar a los demás.

Hoy en esta Cuaresma hay que encomendarnos a Dios, pedir su ayuda para avanzar, para librarnos de tantos males a los que estamos expuestos. Porque solos no podemos hacer nada.

Desgraciadamente, los seres humanos, duros de corazón, seguimos insistiendo en construir nuestra vida a espaldas del amor de Dios, como si su presencia amorosa fuera un obstáculo o una amenaza al deseo que tenemos de realizarnos y ser felices. Y no nos damos cuenta de que cuanto más nos alejamos de Dios, más nos alejamos de nosotros mismos y de los demás. Ese alejamiento da lugar a que cada hombre, cada grupo y cada pueblo, quieran construir su propio paraíso aquí en la tierra, olvidándose del paraíso eterno.

Pero, a pesar de todo, allí está Dios, llamándonos para que volvamos a Él. La prueba más grande de que Dios no nos abandona a nuestra suerte es Jesús.

Si todo hubiera terminado allí, tendríamos hoy, solo el recuerdo de un hombre justo y bueno, que pasó haciendo el bien y que fue injustamente condenado a muerte, como otros muchos en  la historia. Pero, Jesús, resucitó y está vivo entre nosotros. ¿Por qué? ¿Para qué ese sacrificio? ¿Era realmente necesario todo eso? Sin embargo, allí está, frente a nuestros ojos el gran acontecimiento que marca la historia.

Tenemos que decidir, espiritualmente, si esta Semana Santa ‘le entramos’ o no.

A veces caemos en la trampa de decir: "esta Semana Santa no, será la que viene o la que viene o la que viene...". Y el año que viene volvemos a decir lo mismo. En algún momento tenemos que detenernos y decir: "Esta Semana Santa SÍ... porque la del año que viene no sé si es mía, no sé si estaré vivo".

Que el Señor nos de su fuerza, porque acompañar a Jesús es bonito pero no es fácil y por eso tenemos que pedir la gracia. Y la segura compañera de camino es María. Mientras otros huyeron, ella permaneció hasta el final.

Cuaresma, Semana Santa... tiempo de conversión. Tiempo para comenzar de nuevo.

No es tiempo de grandes sacrificios... es tiempo de demostrar a Cristo que estamos aquí junto a Él y no lo dejaremos ni ahora ni más tarde, para que así al final resucitemos con Él... que es nuestra máxima meta.

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