Opinión

Mirando hacia arriba

Alfa y Omega 

por Any Cardenas

Sin lugar a dudas el día que Jesús ascendió a los cielos debió haber sido sumamente impresionante: ver al que había elegido a sus discípulos, al que los había instruido, al que habían visto morir trágicamente en una cruz, al que vieron resucitar... y por último elevarse hacia el cielo después de despedirse y dar sus últimos consejos a sus amigos los apóstoles... no es algo para no asombrarse. ¡Qué gran acontecimiento!

En esos momentos, el Señor habla amorosamente por última vez a sus discípulos. Les da su último mandato: "¡Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura!".

Un gran mandato que la Iglesia ha llevado a cabo durante los dos mil últimos años.

Desde ese día, los apóstoles y sus sucesores que son los obispos, se han dedicado a llevar el mensaje de salvación a todos los rincones de la tierra. Nunca se ha cansado la Iglesia de hacerlo.

Por todo el mundo, reciben la visita de algún discípulo de Jesús que quiere que el mensaje de amor y salvación llegue a todos los hombres sin excepción.

Este mandato suele cumplirse a plenitud con todos los misioneros y misioneras que alegres y generosamente se dedican a llevar la palabra de Dios a todos esos lugares y rincones.

Pero, ¿acaso los misioneros son gentes especiales? ¿Acaso solamente algunos han de ser esos misioneros que lleven el Evangelio a los demás? ¡No! Todo cristiano tiene como vocación y obligación la evangelización. De diferente manera y según los talentos que Dios nos dio... todos somos llamados a lo mismo. Todos estamos llamados a llevar la Buena Nueva a todos los demás. ¡Todo cristiano es misionero por vocación!

Para empezar tenemos nuestro propio hogar, con nuestros hijos y familiares. Ahí el cristiano es testigo de Jesús, podemos hablar de Él y ser sus testigos en el trabajo, en las escuelas, en el lugar que sea, ahí donde haya un cristiano habrá un testimonio de alguien que sabe que Jesús ha resucitado, que está esperándonos con las manos abiertas para darnos la felicidad eterna.

Aunque eso no acaba aquí: el católico puede buscar los apostolados que le permitan llevar a más personas, a más hijos de Dios el mensaje de salvación. ¿Cuántas personas de aquí de nuestra comunidad o del mundo entero no conocen a Jesús y no hay nadie que se los lleve? ¿Cuántas personas existen "aclarando" que son católicos, pero no saben una sola pregunta de catecismo, que no tienen idea de la grandeza de ser cristiano? Pero ahí estaremos nosotros, como misioneros, ayudando a los demás a que descubran, encuentren, conozcan y se enamoren del Señor.

Nuestra misión no requiere que vayamos a algún lugar alejado. Podemos y debemos ser misioneros en nuestras propias vidas, sin movernos.

Simplemente siendo buenos católicos todos los días del año, cristianos ejemplares, que sean vistos por los demás como ejemplos de vida. Haciendo eso nada más seremos ya testigos de Dios y cumpliremos con la misión que nos ha encargado, sabiendo que contamos a toda hora con el apoyo de Dios mismo y del Espíritu Santo.

Redescubriendo quiénes somos nosotros y quién es Jesús, para así comprender la necesidad tan grande que tenemos de Él.

La vocación al apostolado es para todo cristiano. No podemos quedarnos con las manos cruzadas cuando tantos y tantos enemigos de Dios andan por ahí, confundiendo a los demás.

Cristo, con su vida, pasión, muerte, resurrección y ascensión al Cielo, nos ha dejado el camino listo. Nos evita angustias, desesperaciones, inquietudes, quebrantos... porque desde la eternidad nos ha mirado con ojos de bondad y misericordia y nos quiere con Él al final del camino.

Todo pasa, todo es relativo, todo... menos Dios... que hemos de ascender juntos, hasta más allá de las nubes: ese más allá que comienza en el más acá. Entonces veremos los sucesos del mundo en su verdad absoluta y comprenderemos aquello que ahora no podemos.

Han pasado veinte siglos... y es verdad que en ocasiones parece que Cristo fracasa, porque no reina la paz en la justicia, porque la civilización del amor parece irse de entre los dedos. Pero el fracaso no es suyo, es de los que duermen y de los que teniendo ojos no ven y teniendo oídos no oyen. Estos, en su soberbia y orgullo, se convencen de que Cristo ha fracasado. Pero la barca de Pedro sigue navegando los mares del mundo y no atraviesa su peor momento.

Que bueno que Jesús no solo nació... sino que nació, enseñó, murió, resucitó y subió a los cielos. Desde ahí, a todos y con el poder y misericordia infinita, espera que hasta el último y el más pecador de nosotros, vuelva la mirada hacia arriba, hacia Él.

¡Convénzanse los incrédulos. Habla la historia. Disfrutémoslo los creyentes... y no nos durmamos!

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