Opinión

Parafraseando al cronista de Huatabampo: el policía de barrio que se nos fue

Rumbos

por Mario Rivas

LA GENTE ESTÁ HARTA, cansada y fuera de control. La deshumanización se está generalizando. Cada día se aleja más el concepto de la fraternidad. La religión dejó de ser mediadora entre el mal y el bien. Muchos sacerdotes han sido atacados por la delincuencia. Algunos se han armado para protegerse.

En este escenario de inseguridad en el que los buenos son cada vez menos y más los malos, la figura del policía empieza a recobrar la simpatía ciudadana de la que alguna vez gozó.

De hecho, las nuevas generaciones, sin haber vivido aquellos cincuenta y sesentas, claman por una policía de barrio.

Quizás estos nuevos ciudadanos no sepan nada de aquellos policías de manzana, que conocían a todos los vecinos, que sabían de los problemas de cada familia, que saludaban a la pasada por su nombre a cada morador de la cuadra.

Preguntaban por la salud de la señora e intercambiaban recetas caseras.

Era un México casi idílico.

Sobre el policía de barrio se filmaron incontables películas durante la época de oro del cine mexicano.

Algunos cuya celebridad trascendió a varias generaciones con personajes tan entrañables como ‘Don Susanito’, cuyo personaje lo encarnaba JOAQUÍN PARDAVE.

No se hablaba entonces de corrupción ni drogadictos. Menos de narcomenudeo. De cárteles. Ni de capos. Ni de “ajustes de cuentas”.

Eran otros tiempos y otro país.

¿Cuándo empezó a cambiar México? ¿Cuándo empezamos a cambiar nosotros?

Nadie hablaba de “crimen organizado”. Si acaso, de cuando en cuando, allá a las tantas, se hacía popular algún corrido que se convertía de dominio público con personajes que no eran del todo reales. En algunos casos, eran mitad verdad y mitad ficción.

¿Se acuerda de la Banda del carro gris? ¿Y de aquella gitana que fue algo así como lo que muchos después sería ‘La reina del Pacífico’?

Pero esos corridos no estaban asociados a la realidad del momento.

En los hechos, el Gobierno todavía era funcional. Era árbitro entre los grupos del narco.

Nadie podría brincarse las trancas. Los narcotraficantes respetaban —o le temían— al Gobierno.

Cuando el presidente de la República visitaba un municipio, las autoridades hacían llegar sus ordenamientos: la región debía estar tranquila, sin ningún tipo de violencia. Y ni hablar de los asesinatos. Eso no lo permitía el Gobierno.

Los grupos del narco tenían muy claro que la figura presidencial era intocable.

El poder lo tenía el Estado.

En este contexto, ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR no se equivoca cuando afirma que el país se fue por la pendiente de la corrupción a gran escala cuando la clase neoliberal llegó al poder presidencial y desplazó al régimen de la Revolución Mexicana.

La corrupción siempre ha existido en México. Ha sido, ciertamente, una constante.

Pero los ciudadanos gozaban de confort y de desarrollo. El dinero tenía un valor estable y los ricos nunca llegaban a ser tan ricos que pudieran ser ofensivos para las clases proletarias.

En esa época existió ese personaje inolvidable: el policía de barrio.

Desgraciadamente, un día surgió un capo que le llegó al mismísimo presidente de la República a través de su hermano.

Se convirtió en un capo todopoderoso. A él se le acredita la paternidad de un modelo de trasiego de drogas entre las clases bajas y medias, conocido como ‘las tienditas’.

Comenzó por la Ciudad de México y con el tiempo se extendió a otros Estados de la República.

Hasta entonces, el narcotráfico se sustentaba en la exportación en grandes cantidades a otros países, principalmente a los Estados Unidos.

No ‘bajaban’ la ‘droga’ a las ciudades de México para distribuirla entre los adictos urbanos.

Así funcionaba y por eso no había casi violencia relacionada con los que hoy se conoce como crimen organizado.

Había reglas que imponía el Gobierno y que respetaban los grupos.

Pero el narcomenudeo acabó con aquel hermoso país de ensueño.

Gradual pero inexorablemente, fueron surgiendo otro tipo de drogas, más allá de la marihuana, de la heroína y la cocaína.

Los adictos pobres, consumían resistol y otras sustancias baratas. Luego brotaron las drogas sintéticas. Llegó el crystal para quedarse y los adictos se volvieron extremadamente violentos.

En esto estriba la violencia que hoy padece el país.

En los ochenta se fueron los políticos y llegaron al poder los neoliberales. Terminó el concepto de la investidura que había qué respetar para convertirse en moneda de cambio que representaba millones de dólares para el gobernante en turno.

Salinas fue el precursor absoluto. Su hermano Raúl operó de la mano de los capos cientos de millones de dólares. Tantos, que tuvo para prestarle decenas de millones de dólares a un empresario de medios de comunicación y tiendas distribuidas en todo el país.

En las ciudades los adictos se multiplicaron, ya no solamente en las clases de abajo sino en las de muy arriba.

Los homicidios aumentaron y la causa principal es la droga.

Por eso la muerte a balazos de un joven drogadicto por policías municipales de Hermosillo, no polarizó a la opinión pública como era de esperarse.

En redes sociales, una enorme mayoría apoya la decisión de los agentes.

Ayer intenté una reflexión sobre la muerte del joven hermosillense que intentó atacar a uno de los elementos con un cuchillo. Quise concluir que en lugar de aplicar el protocolo en forma contundente —fatal— pudo haber sido herido en una de sus extremidades y hubiese sido neutralizado sin privarlo de la vida frente a sus familiares.

No llegué a terminar mi catilinaria: uno de mis interlocutores me atajó con cierta ira. Eso debe hacerse con los criminales. No hay que tener consideración con ellos.

Así lo dijo.

Y puso de ejemplo al navojoense que, perdido en su adicción, mató a su propia madre.

Pues sí: la opinión pública se ha ladeado hacia uno de los extremos.

Por eso hemos llegado a los linchamientos de ladrones. De violadores.

Y en el fondo de todo, el modelo económico que profundizó la brecha entre pobres y ricos.

En fin.

DE AQUÍ, DE ALLÁ Y DE MÁS ALLÁ

A PROPÓSITO DE VIOLENCIA e inseguridad, llama la atención que el nuevo secretario de Seguridad Pública Estatal, DAVID ANAYA COOLEY, no haya salido a darle la cara a la sociedad para explicar cuál es la estrategia, cual la innovación en materia de control de la violencia y hasta donde va llegar la coordinación entre corporaciones…

Pero sobre todo, para explicarle a la gente por qué el resurgimiento de los homicidios dolosos…

Me enteré que Anaya vino a Cajeme a una reunión de altos mandos para tratar la nueva ola de ajusticiamientos, pero hasta ahí…

Y POR ÚLTIMO, DÉJEME CONTARLE que ayer le fue tomada la protesta como nuevo delegado del IMSS, al obregonense GUILLERMO NORIEGA ESPARZA, un activista en pro de la transparencia que, se estima, será de mucha utilidad para el ejercicio de esta política que es una de las banderas del nuevo régimen federal… Le tomó la protesta JORGE TADDEI, el representante de la Federación en Sonora…

Por cierto, a la salida tuve el gusto de saludar, vía telefónica, al doctor MARCO ANTONIO HERNÁNDEZ, director de UMAES, mejor conocido como Centro Colosio… Igualmente, el gusto de saludar a JAIME RAMÍREZ MONTES, comunicador en jefe de la Delegación Sonora del IMSS…

Es todo.

Le abrazo.

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