Opinión

Un acto de fe

Alfa y Omega 

por Any Cardenas

El ser humano fue hecho por Dios a su imagen y semejanza. Sin embargo, Dios requiere de todo ser humano obediencia y sumisión. Solo pueden acercársele quienes le tienen fe verdadera.

El que tiene fe es un optimista. La persona que tiene fe, se abandona en el Señor y a Él le entrega todo: toda su vida, toda su confianza, toda su obra, todo su tiempo. Las frases que más repiten son: "Si Dios quiere", o "con el favor de Dios" y la mejor de todas: "Gracias a Dios". Aunque no falta quien llegue o a quien se le escuche que diga: "Gracias a ti mismo", "será si quieres tú" o "lo harás por tus propios méritos, por tu esfuerzo y tu sacrificio". ¡Pero que contrariedad!

Durante toda la vida el ser humano trabaja, lucha, pasa por dolores y sufrimientos, gana lo que tiene con el sudor de su frente, pero aún así, muchos se aferran a agradecer a un ser invisible, que al mismo Creador.

Quien no cree que es Dios quien ‘le da una mano’; no tiene a nadie a quien recurrir en momentos de soledad, de desesperación, de duda, y eso es muy lamentable.

Alguna vez nos hemos preguntado, ¿qué tan grande es nuestra fe? La fe es la absoluta confianza que depositamos en nuestro Dios. Esta debe ser firme en todo momento, sin duda o temor.

En ocasiones el hombre planifica sus actividades y luego resulta que los resultados son otros muy distintos de los que esperaba. Es allí cuando demostramos la verdadera fe, y en lugar de decaer y rebelarnos, debemos preguntarle al Señor: ¿Qué quieres de mí?, e intentar descubrir cuál puede ser el plan de Él en nuestras vidas. Porque a veces el hombre busca tener, saber, disfrutar y de repente la vida le dice ¡no!, y sin saberlo en el silencio habla Dios diciendo: "Dame un corazón obediente, confía en mí, ten fe". Recordemos que en ocasiones los planes de Dios no son los nuestros, no es el hombre quien lo contrata para que Dios haga lo que el hombre quiere. Sino que Dios llama a cada uno en su momento.

Por eso es tan importante tener fe. No condicionemos al Señor porque no podemos ver físicamente todo lo que queremos. En la vida existen muchas cosas que existen y no se ven, por ejemplo: el frío, el calor, la salud, el oxígeno, las ideas, los pensamientos, los sentimientos, el dolor, la felicidad, el amor.

Si no sentimos no podemos captar las cosas que nos rodean las veamos o no. Para nosotros los creyentes el ‘sentir’ la existencia y la presencia de Dios es lo que llamamos ‘tener fe’. Si nos damos cuenta, en realidad ‘tener fe’ no es algo solamente que se refiera a Dios. El ser humano vive constantemente actos de fe en su vida diaria. Tener fe es confiar en lo que no vemos y eso lo hacemos cada día y en cada momento. Por ejemplo: Alguien que viaja en avión, compra el boleto, se sube, y no pide más garantías de ningún tipo, ni sabe quién es el piloto ni el mecánico, ni mucho menos sabe de su habilidad, no sabe el estado del aparato ni sabe nada. Pero la persona hace un acto de fe, en que todo irá bien y pone de esta forma su vida y su cuerpo en manos de unos desconocidos. Si tan solo al cruzar una calle, hacemos un inmenso acto de fe. Confiamos que los autos se detendrán y nos dejaran pasar sin mayores problemas. Nadie nos garantiza de ninguna manera que los conductores van a respetar las reglas de vialidad, pero tenemos fe en que los autos se detendrán ante nuestra presencia... ¡Es todo un acto de fe!

Ya vemos que todo en la vida humana es un acto de fe, es un confiar en las personas, en su bondad, en su buena disposición. Confiar en la esposa, el esposo, los hijos, los amigos. Todo en la vida es un acto de fe. Si a los demás no les pedimos tantas pruebas, ¿por qué algunos exigen tantas pruebas a Dios?

La fe de los creyentes no es un sentimiento. No creemos porque ‘sentimos’. Creemos porque confiamos en Dios y en su palabra, nos fiamos de los sacramentos, nos fiamos de los demás y de nosotros mismos. Nuestra fe no es solo mundana. Fue Jesús quien nos enseñó a tener fe en Él. Quien sigue a Jesús a pesar de las caídas y errores, podrá entender y confiar en las promesas que nos ha hecho.

Creemos, además, en lo que esperamos recibir en la vida después de esta, aunque no lo veamos y no lo podamos comprobar (todavía). A veces la fe, como que no es clara, ya que puede ser puesta a prueba. Entonces es el momento, de afianzarla... ya que en ocasiones esta forma de vivirla no es suficiente para ‘nutrirnos’, ni a nosotros mismos, ni a nadie más.

Antes que nuestros criterios, antes que las posibilidades y las estadísticas, que las probabilidades y las capacidades, la fe debe ser nuestra consejera. Dios sabe qué es lo mejor para nosotros.

Podemos llevar ante su presencia todos nuestros problemas, ansiedades y sufrimientos. Él nunca se cansa de escuchar nuestras necesidades, sean grandes o pequeñas. ¡Dios nos invita a confiar en Él yendo más allá de lo que nuestros ojos puedan ver!

Dios hace posible lo imposible. Cuando ponemos nuestra fe en Él, se hace cargo en nuestro lugar. Solo Dios puede mover montañas, pero la oración y la fe mueven a Dios. Pidamos más fe a Dios. Al empezar y al terminar el día. Supliquémosle que imprima las cosas divinas en lo más profundo del alma, que... a fin de cuentas, ¡Él tiene el mundo entero en sus manos!

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