Opinión

El porvenir

Leviatán
domingo, 31 de enero de 2021 · 08:11

A Silvia

Escribió Ángel González, poeta español, que el porvenir lleva ese nombre porque no viene nunca. Y ante tal premisa, ¿acaso debemos abandonar toda esperanza y entregarnos al desánimo o esperar a que la marea nos lleve a encallar en un puerto al azar?

  La pandemia nos obligó a replantear muchas de las ideas primigenias, de las convenciones en las que creíamos casi en términos absolutos, pero también a incrementar las resistencias hacia lo desconocido, a rechazar el riesgo de aprender bajo el yugo de la experiencia; al robarnos esa dosis de empirismo nos hizo más cobardes, lo que parecía imposible.

  Y desde ese páramo desolador en que nos encontramos, toca decidir qué hacer con el futuro, en un tiempo donde nuestro alcance de miras es reducido por los oscuros nubarrones postrados en lontananza. En juego está un ramo de certezas, insuficientes, sí, pero también indispensables para tener sentido sobre la existencia.

  La teoría nos habla de valores irrenunciables: democracia, justicia social, igualdad o algo tan honroso como el amor, los cuales van amalgamándose hasta alcanzar fórmulas cuyo resultado son premisas bajo las cuales construir una sociedad.

  No puede entenderse un hombre o mujer que ama y no crea que la democracia pertenece a los elementos fundamentales sobre los que se edifica el constructo en el cual nos desarrollamos, ya sea como individuos o como parte de un colectivo.

  De igual forma, buscar la igualdad o despreciar, por ejemplo, el clasismo, son rasgos inequívocos de un pensamiento progresista que se resiste a declinar en sus aspiraciones por un mejor entorno, por hacer del propio un mejor territorio por habitar.

  El porvenir, entonces, no es aquello que no viene nunca, sino un punto en el mapa de quienes se atreven aun a soñar, a construir posibilidades inspirados en la belleza y en el deber ser, proclives ambos siempre a desaparecer con el tiempo o ante el desgaste de lo cotidiano, aunque que no por ello dejan de ser imprescindibles.

  Si aspiramos a consumar los objetivos sociales, desde salir vivos de la crisis sanitaria, pasando por consolidar la democracia o esparcir un mensaje de tolerancia, equidad y amor por lo que cada uno considere importante, hay que arriesgar, que para ello estamos vivos.

  La dialéctica nos enseñó que todo fluye, que nada es permanente, que la evolución no se detiene y que, por el contrario, al intentar detenerla sólo la esparciremos por el aire y su semilla germinará en otro sitio, nos guste o no.

  Hoy, que todo asoma sombrío, habrá que volver a lo básico, generalmente vilipendiado por la vida acelerada en la que no sumergimos por mera tendencia, con el fin de asegurarnos de que, si hemos de encallar en un puerto, sea el que elegimos con valentía, como un claro y necesario anhelo.

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